“Todos estamos un poco locos”. Esta fue la frase con la que concluyó una de esas conversaciones interesantes que intento tener a menudo con amigos que hacen que mi mente se expanda.
Y os preguntaréis: ¿a qué viene esta frase? Pues bien, en mi opinión, todos estamos sujetos a lo largo de nuestra vida a diversas patologías mentales. En algún momento, de forma consciente o inconsciente, con mayor o menor intensidad, todos nos hemos visto afectados por algún tipo de patología, como, por ejemplo, el estrés, la ansiedad o el pánico. Si hacemos memoria, estoy segura de que todos podemos encontrar en nuestro abanico de emociones vividas alguna de estas experiencias. Y eso no es malo; forma parte de la vida, de vivir.
Entonces me surge la pregunta: ¿todos estamos un poco locos? Intentando responderla, hay que tener en cuenta algunas consideraciones.
Por ejemplo, si clasificáramos la salud mental del 1 al 10 —siendo el 1 el estado más sano y el 10 el menos sano, pero sin llegar a trastornos severos—, os diría que el 1 corresponde a la persona que tiene menos momentos de sufrimiento y que, además, cuando los experimenta, es capaz de reponerse de forma rápida e inocua. Creo que es imposible encontrar a alguien que nunca haya sufrido alguna patología, pero sí creo que hay personas que, de manera consciente o inconsciente, están altamente entrenadas para superarlas. Muchas veces, se trata de algo sistémico, inherente al carácter de la persona.
Quizás, cuando éramos pequeños, hemos visto a nuestros padres reaccionar adecuadamente en momentos de estrés, y eso ha dejado un patrón inconsciente en nuestro cerebro que ahora aplicamos en nuestra vida y nos ayuda a resolver problemas de forma más sencilla. Sin embargo, según mi forma de pensar, no podemos apelar únicamente a la educación para justificar nuestra incapacidad de afrontar situaciones complejas. Por eso admiro a ese otro grupo de personas que han alcanzado un alto nivel de resiliencia gracias al autoconocimiento. Han analizado su forma de ser, sus reacciones, los detonantes y las situaciones que provocan esos cuadros o patologías y han aprendido a superarlos.
Eso es evolución, aprendizaje, pero desde la consciencia. Es lo que yo llamo inteligencia emocional. Las personas que reaccionan de forma inconsciente también la poseen, pero de manera innata. Sin embargo, llevar esa capacidad al plano consciente no solo te da el poder del conocimiento y te permite aprender, sino que, además, te facilita evitar la recurrencia. Te ayuda a identificar señales de tu cuerpo, de tu estado, que te indican, como si de una alarma se tratara, que algo se está desencajando, permitiéndote reaccionar antes de que el problema se agrave.

Hay quienes creen que las personas que están más cerca del 10 son más débiles, pero yo pienso que todos somos seres completos, creativos y llenos de recursos. Por eso creo que son plenamente capaces de reponerse, aunque necesiten una ayuda más intensa para entrenarse en el autoconocimiento. De hecho, todos necesitamos proveernos de una “caja de herramientas” que nos permita saber a cuál recurrir en cada momento.
Os comparto una de mis herramientas para mantenerme centrada. Cada mañana me repito tres mantras. El primero es: “Eres afortunada, tienes una familia que te quiere y te adora”. Este mantra me recuerda que debo ser agradecida. Valorar lo que tengo me permite ver las cosas con más perspectiva y recordar los motivos que tengo para ser feliz.
El segundo mantra es: “Eres poderosa, puedes conseguir lo que te propongas”. Este me empodera y me motiva. Me recuerda que no hay límites, que el único límite lo pongo yo misma, y me anima a luchar por mis sueños, recordándome que todo es posible.
Y, por último, un mantra que considero absolutamente necesario para complementar los otros dos: “La felicidad requiere disciplina”. Esta frase se la he tomado prestada al Dalái Lama. Es tan potente. Me recuerda que la felicidad no es gratis, que hay que buscarla de manera activa. Esto significa que debemos esforzarnos y mantener hábitos y rutinas que nos conduzcan hacia ella. La satisfacción no es lo mismo que la felicidad; a veces, debemos hacer cosas que no nos apetecen para alcanzarla.
Así, cuando vuelvo a pensar en lo que dije: “La felicidad se nutre de los momentos de ausencia de patologías”, reflexiono que la felicidad no es un estado permanente, sino la suma de momentos felices. Y sé que tenemos el poder de hacer que ocurran, haciendo cosas que nos hagan felices.
Por eso, trabaja tu interior para intentar estar centrado la mayor parte del tiempo. Adquiere las herramientas necesarias para levantarte más rápido y evitar volver a tropezar.
